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A lo largo de la historia del Perú, existieron muchos personajes ilustres, cada cual con una capacidad y trascendencia única. Todos dejaron algún legado que será reconocido durante muchas generaciones; sin embargo, fueron pocos los que superaron la barrera de un escueto  reconocimiento, pues lograron conectar con el sentimiento del pueblo. Esta semana hablaremos sobre uno de los personajes cuyo objetivo fue hacernos sentir el Perú, algo que el llamaba “peruanizar al Perú”. Estamos hablando del gran José Carlos Mariátegui La Chira (1894-1930).

Desde pequeño, la vida le puso obstáculos que, más que detenerlo, fueron un motor; además del impulso por las ganas de saber cada día más. En su niñez. Mariátegui sufrió un accidente que dañó  su rodilla, problema que lo acompañó de por vida y fue causa de que en el año 1924 le amputaran la pierna. ¿Quedó Mariátegui sumido en la tristeza y  depresión? No. Al contrario, ese fue el motivo de que empezara su formación autodidacta. Si bien llegó a sentir angustia, el motivo no fue su dolencia física, sino una dolencia por la situación del Perú. Situación que él no ignoró; al contrario, trabajó por un país más justo y consciente
Mariátegui nunca pasó por la universidad, pero su intelecto y talento no tiene comparación. En el año 1911,  cuando trabajaba en el diario La Prensa realizó una publicación sin autorización. Ello pudo haberle traído problemas; pero el éxito de su publicación fue tal, que ascendió de puesto y llegó al área de redacción. A partir de ese año empezó a potenciar su talento como redactor y comenzó a ser leído bajo el seudónimo de Juan Croniqueur.

Mariátegui fue un riesgo para el Perú. ¿Un riesgo? Sí un riesgo, pues su amplio sentido crítico auguraba una convulsión y levantamiento de la población en contra del sector dominante que durante muchos años había mostrado indiferencia por el pueblo que decía representar. El autor de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana estuvo comprometido con los pueblos originarios, con el sector indígena que, como muchas veces afirmaba él, habían sido saqueados y maltratados en su propia tierra.


Este gran personaje es un paradigma para muchos peruanos, por su fortaleza, por su originalidad. Si bien él resalta por su labor a política, resulta un ejemplo para todos por su trabajo estructurado y detallado acerca de la realidad del Perú. Mariátegui estudio al país, mostró su problemática; y no se quedó ahí, buscó una solución y la encontró en el socialismo. Pero un socialismo acorde a las necesidades del país. Más allá de su ideología, su compromiso con el país es inigualable. Mariátegui nos deja una gran lección digna de reproducir que no fue “calco, ni copia, sino creación auténtica”
                                                                                                                   





Texto: Shanna Taco
Entrevista: Brayan Ramos/Frank Capuñay
Edición: Bruno Amoretti




En esta ocasión queremos mostrarles solo una caricia, tan suave como lo fue Blanca. Ella, una sanmarquina de sangre, tuvo un reconocimiento y una fama abrumadora en las aulas de Letras de la histórica Casona de San Marcos. Su talento y buen semblante evocaban las formas de una mujer brillante. En esta casa de estudios –allá por el verano de 1943– conocería a grandes intelectuales peruanos del siglo XX: Sebastián Salazar Bondy, Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren, entre otros. Juntos armonizaban las tendencias del momento: un poco de Albert Camus y otro tanto de Jean Paul Sartre o de Simone de Beauvoir; amoldaban a Baudelaire y su simbolismo francés con holgura y sin estigmas; poseían, en fin, un atrevimiento invaluable que, al parecer, no se ha podido emular desde entonces. Prueba de ello es la formación de un círculo literario –en un inicio marcado por reuniones clandestinas, amicales e íntimas– que sería recordado a través del tiempo como la Generación del 50. Varela, como única mujer, tuvo la necesidad –tal vez la obligación– de acrecentar su voz poética portentosa. Y así fue: «entre mis dedos/ardió el ángel», «ángel ciego o dormido», «alas de cera que te regalé/y que jamás te atreviste a usar», plasmó Blanca en Canto villano.
¿Qué nos habrá querido transmitir Varela con el símbolo de una figura espiritual? Tal vez poner en evidencia la limitación de aspiración del ser humano; ampararse en lo no corpóreo, en lo intangible. Octavio Paz –un amigo íntimo de la poeta– comentó en determinado momento: “Su poesía no explica ni razona. Tampoco es una confidencia. Es un signo, un conjuro frente, contra y hacia el mundo, una piedra negra tatuada por el fuego y la sal, el amor, el tiempo y la soledad. Y, también, una exploración de la propia conciencia”. En ese sentido, no nos queda más que aventurarnos a afirmar que, para Varela, el ser humano arrastra un signo vacío particular: la falta de trascendencia. El ángel, como tal, le da un nuevo valor –cualquiera que sea–; una nueva perspectiva a la obra de la poeta. Durante sus viajes a Francia, en la década del 50, se nutrió de los pensadores existencialistas; así, su crítica sobre la condición humana se evidenciaría en su obra a partir de esas experiencias en adelante. Gran aporte, poca nuestra predilección.

Blanca Varela en la casa de playa de Jose María Arguedas, ubicada en Puerto
Supe. Este lugar sería de notable inspiración para la poeta, quien pondría
como título a uno de sus poemas "Puerto Supe", el cual lo encontramos en su
primer volumen de poesía: "Ese puerto no existe"
Varela se convierte, sin lugar a dudas, en aquello que se busca con frecuencia pero no se encuentra: una mujer contestataria, llena de fantasías e idealizaciones que tocan nuestras más profundas fibras. Ella pertenece a ese selecto grupo –junto a Gabriela Mistral, Idea Vilariño, entre otras– que puede y debe releerse. Y de esa relectura se forma no una reiteración, sino la voz de un nuevo poeta o el surgimiento de una insólita poetisa. La lucidez de Varela se concibe como una búsqueda y aceptación dolorosa de la realidad; un límite metafísico cuya autenticidad no ha sido extinguida hasta ahora.



“Comprendí y aprendí que la poesía es un trabajo de todos los días, y que no la elegimos, sino que nos elige; que no nos pertenece, sino que le pertenecemos; que no es otra cosa que la realidad y a la vez su única y legítima puerta de escape”. Blanca Varela (1926-2009).






Texto: Bruno Amoretti
Infografía: Shanna Taco